viernes, 12 de agosto de 2016

Hasta Septiembre, si Dios quiere


Querido hermanos

Hacemos un alto en el Oratorio Monástico, este rincón de espiritualidad monástica para alabanza del Padre todopoderoso, del Verbo eterno, nuestro Señor Jesucristo, y del Espíritu Santo, nuestro único y trino Dios. Muchas gracias por vuestra atención, vuestros comentarios, vuestro aliento y, sobre todo, vuestra oración. En Septiembre, si Dios, quiere, nos volveremos a ver. Que el Señor os guarde y os bendiga.

Gloria al Padre,
y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Correa de Vivar. San Lorenzo


San Lorenzo.1559. Juan Correa de Vivar
 Óleo sobre tabla. Medidas: 181cm x 78cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir, que deseó ardientemente acompañar al papa Sixto II en su martirio. Según cuenta san León Magno, recibió del tirano la orden de entregar los tesoros de la Iglesia, y él, burlándose, le presentó a los pobres en cuyo sustento y abrigo había gastado abundantes riquezas. Por la fe de Cristo, tres días más tarde superó el tormento del fuego, y el instrumento de su tortura se convirtió en distintivo de su triunfo, siendo enterrado su cuerpo en el cementerio de Campo Verano, que desde entonces fue llamado con su nombre (258).

La noticia del Martirologio Romano nos lleva hoy a contemplar la figura de san Lorenzo, el diácono que fue quemado vivo en el siglo III. Según la tradición, fue quemado sobre una parrilla. En san Lorenzo predomina, sobre todo, el concepto de diácono, es decir, la idea de servicio de la Iglesia, especialmente a los pobres. Por este motivo, ha sido el mártir san Lorenzo uno de los más representados en la iconografía cristiana.

Nosotros hemos escogido una obra de mediados del siglo XVI, obra de Juan Correa de Vivar, que se conserva en el Museo del Prado. De cuerpo entero, el santo sostiene en la mano derecha una parrilla, alusiva a su martirio. La dalmática que viste le presenta como diácono de la Iglesia, una de cuyas misiones era ser portador de los Evangelios, que él mantiene en la mano izquierda. Dispuesto junto a un árbol y enmarcado por una arquitectura pintada, a modo de arco, aparece delante de un fondo de paisaje. 

La obra es pareja del San Esteban, siendo ambos las puertas laterales de un retablo cuya tabla central representaba La Anunciación. El santo muestra la serenidad propia de los rostros de Correa de Vivar, compartiendo cierto gusto por la elegancia y suavizando la fuerte gestualidad propia de sus obras más manieristas. La viveza del color y el paulatino aclaramiento de sus colores, influenciado por el valenciano Juan de Juanes, puede también apreciarse en esta pintura. 

martes, 9 de agosto de 2016

El Greco. Cristo abrazado a la Cruz


Cristo abrazado a la Cruz.1600. El Greco
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 108cm x 78cm.
Museo del Prado. Madrid. España

El martirio, en la tradición cristiana, constituye la perfecta expresión del testimonio de fidelidad y de confianza en Cristo. El mártir entrega su vida a la muerte antes que renegar de Cristo, en la confianza de que participando de la Cruz del Señor tendrá también parte en su Resurrección. Además, el martirio incluye un grado sublime de caridad, pues el mártir no perece en el odio a quien injustamente lo asesina, sino que perdona a su asesino e intercede por él.

El modelo ideal del mártir, que hoy recordamos en santa Teresa Benedicta, es el propio Cristo, que abraza el horrendo instrumento de la Cruz, que por la fuerza del misterio pascual deja de ser instrumento de suplicio para convertirse en signo glorioso. Por eso, hemos escogido hoy uno de las imágenes sagradas más célebres de la pintura: el Cristo abrazando la Cruz de El Greco.

Cristo acariciando la Cruz, ha transcendido el dolor físico durante el camino al Calvario, alzando su mirada al Cielo con gesto sereno. El pintor cretense transforma la narración del pasaje bíblico tradicional en una imagen de devoción. La convierte en una metáfora de la salvación, de redención, coincidiendo con un momento en que la Contrarreforma ensalza la Cruz como uno de los símbolos más elocuentes. 

El tema fue tratado en numerosas ocasiones por El Greco. Esta versión destaca por su desenvuelta ejecución y vibrante factura. En 1786 se cita un cuadro con este tema en el Convento de San Hermenegildo de Madrid. Actualmente se expone en el Museo del Prado.

lunes, 8 de agosto de 2016

Pedro Berruguete. Santo Domingo de Guzmán

Santo Domingo de Guzmán. 1493-1499. Pedro Berruguete
Óleo sobre tabla. Medidas: 177 cm. x 90 cm.
Museo del Prado. Madrid

Recordando la santidad de santo Domingo de Guzmán, contemplamos su imagen pintada por Pedro Berruguete. Es la tabla central del Retablo de Santo Domingo procedente, junto con otras obras del Museo, del convento de Santo Tomás de Ávila, sede de la Inquisición. Como fundador de la Orden Dominica, el santo aparece con el libro y la flor de lis. Con su cruz aplasta a un perro demoníaco con una tea encendida, símbolo del Mal. Esta imagen le identifica interesadamente -ya que fue el Inquisidor General, Torquemada, quien encargó la obra- como inquisidor, lo que nunca fue. El palentino situó a Santo Domingo en un escenario aludiendo a la luz de la fe y la oscuridad de la herejía, diferenció entre los dos vanos a los que se abre la estancia en la que se encuentra el Santo, uno, a la derecha, donde falta la luz y otro, a la izquierda, por la que entra ésta.

Nació en Caleruega (Burgos) en 1170, en el seno de una familia profundamente creyente y muy encumbrada. Sus padres, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, parientes de reyes castellanos y de León, Aragón, Navarra y Portugal, descendían de los condes-fundadores de Castilla. De los siete a los catorce años (1177-1184), bajo la preceptoría de su tío el Arcipreste don Gonzalo de Aza, recibió esmerada formación moral y cultural. En este tiempo, transcurrido en su mayor parte en Gumiel de Izán (Burgos), despertó su vocación hacia el estado eclesiástico.

De los catorce a los veintiocho (1184-1198), vivió en Palencia: seis cursos estudiando Artes (Humanidades superiores y Filosofía); cuatro, Teología; y otros cuatro como profesor del Estudio General de Palencia. Al terminar la carrera de Artes en 1190, recibida la tonsura, se hizo Canónigo Regular en la Catedral de Osma. Fue en el año 1191, ya en Palencia, cuando en un rasgo de caridad heroica vende sus libros, para aliviar a los pobres del hambre que asolaba España. Al concluir la Teología en 1194, se ordenó sacerdote y es nombrado Regente de la Cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio de Palencia.

Al finalizar sus cuatro cursos de docencia y Magisterio universitario, con veintiocho años de edad, se recogió en su Cabildo, en el que enseguida, por sus relevantes cualidades intelectuales y morales, el Obispo le encomienda la presidencia de la comunidad de canónigos y del gobierno de la diócesis en calidad de Vicario General de la misma.

En 1205, por encargo del Rey Alfonso VIII de Castilla, acompaña al Obispo de Osma, Diego, como embajador extraordinario para concertar en la corte danesa las bodas del príncipe Fernando. Con este motivo, tuvo que hacer nuevos viajes, siempre acompañando al obispo Diego a Dinamarca y a Roma, decidiéndose durante ellos su destino y clarificándose definitivamente su ya antigua vocación misionera. En sus idas y venidas a través de Francia, conoció los estragos que en las almas producía la herejía albigense. De acuerdo con el Papa Inocencio III, en 1206, al terminar las embajadas, se estableció en el Langüedoc como predicador de la verdad entre los cátaros. Rehúsa a los obispados de Conserans, Béziers y Comminges, para los que había sido elegido canónicamente.

Para remediar los males que la ignorancia religiosa producía en la sociedad, en 1215 establece en Tolosa la primera casa de su Orden de Predicadores, cedida a Domingo por Pedro Sella, quien con Tomás de Tolosa se asocia a su obra. En septiembre del mismo año, llega de nuevo a Roma en segundo viaje, acompañando del Obispo de Tolosa, Fulco, para asistir al Concilio de Letrán y solicitar del Papa la aprobación de su Orden, como organización religiosa de Canónigos regulares. De regreso de Roma elige con sus compañeros la Regla de San Agustín para su Orden y en septiembre de 1216, vuelve en tercer viaje a Roma, llevando consigo la Regla de San Agustín y un primer proyecto de Constituciones para su Orden. El 22 de Diciembre de 1216 recibe del Papa Honorio III la Bula “Religiosam Vitam” por la que confirma la Orden de Frailes Predicadores.

Al año siguiente retorna a Francia y en el mes de Agosto dispersa a sus frailes, enviando cuatro a España y tres a París, decidiendo marchar él a Roma. Allí se manifiesta su poder taumatúrgico con numerosos milagros y se acrecienta de modo extraordinario el número de sus frailes. Meses después enviará los primeros Frailes a Bolonia. Habrá que esperar hasta finales de 1218 para ver de nuevo a Domingo en España donde visitará Segovia, Madrid y Guadalajara.

Por mandato del Papa Honorio III, en un quinto viaje a Roma, reúne en el convento de San Sixto a las monjas dispersas por los distintos monasterios de Roma, para obtener para los Frailes el convento y la Iglesia de Santa Sabina. En la Fiesta de Pentecostés de 1220 asiste al primer Capítulo General de la Orden, celebrado en Bolonia. En él se redactan la segunda parte de las Constituciones. Un año después, en el siguiente Capítulo celebrado también en Bolonia, acordará la creación de ocho Provincias. Con su Orden perfectamente estructurada y más de sesenta comunidades en funcionamiento, agotado físicamente, tras breve enfermedad, murió el 6 de agosto de 1221, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia, donde sus restos permanecen sepultados. En 1234, su gran amigo y admirador, el Papa Gregorio IX, lo canonizó.

viernes, 5 de agosto de 2016

Masolino de Panicale. Fundación de la Basílica por el milagro de la nieve.

Fundación de la basílica por el milagro de la nieve.XV. Masolino di Panicale
 Óleo sobre tabla. Medidas: 114 x 76 cm.
Galleria Nazionale di Capodimonte. Nápoles

Martirologio romano.- Dedicación de la basílica de Santa María, en Roma, construida  en el monte Esquilino, que el papa Sixto III ofreció al pueblo de Dios como recuerdo del Concilio de Efeso, en el que la Virgen María fue saludada como Madre de Dios (c. 434).

Según la tradición, alrededor del siglo IV una piadosa pareja de esposos que vivía en Roma había sido bendecida por su formación cristiana y en muchos bienes materiales. Sin embargo, no tenían hijos con los cuales compartir aquellos dones. Por años rezaron con la finalidad de que el Señor los bendijera con un hijo, a quien dejarle toda la herencia, pero no obtenían ningún resultado. Finalmente tomaron la decisión de nombrar a la Virgen María como heredera y le pidieron con gran fervor para que los guiara. En respuesta, la Madre de Dios se les apareció la noche del 4 de agosto -en pleno verano- y les dijo que deseaba que se construyera una Basílica en el Monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma, en el lugar donde ella señalaría con una nevada. De igual modo, la Virgen María se apareció al Papa Liberio con un mensaje similar.

El 5 de agosto, mientras el sol de verano brillaba, la ciudad se quedó admirada al ver un terreno con nieve en el Monte Esquilino. La pareja de esposos fue feliz a ver lo acontecido y el Sumo Pontífice hizo lo mismo en solemne procesión. La nieve abarcó el espacio que debía ser utilizado para construir el templo y desapareció después. El Papa Liberio echó los primeros cimientos de la Basílica en el perímetro que él mismo trazó y la pareja de esposos contribuyó con el financiamiento de la construcción.

Más adelante, después del Concilio de Éfeso en que se proclamó a María como Madre de Dios, sobre la iglesia precedente el Papa Sixto III erigió la actual Basílica. Con el tiempo se han hecho remodelaciones, restauraciones, ampliaciones y nuevas edificaciones, pero todo en honor a la Santísima Virgen. Los fieles para conmemorar el famoso milagro, en cada aniversario lanzan pétalos de rosas blancas desde la bóveda de la Basílica durante la Misa de fiesta. Nuestra Señora de las Nieves se conmemora cada 5 de agosto. Esta festividad se extendió en el siglo XIV a toda Roma y luego San Pío V la declaró fiesta universal en el siglo XVII.

jueves, 4 de agosto de 2016

Vincenzo Catena. Cristo entregando las llaves a san Pedro

Cristo entregando las llaves a san Pedro. 1520. Vincenzo Catena
Óleo sobre tabla. Medidas: 86 cm. x 135 cm.
Museo del Prado. Madrid

El pintor renacentista veneciano Catena nos ayuda a contemplar la escena evangélica que se nos presenta en la Liturgia de la Palabra. Vemos cómo Cristo entrega a San Pedro las llaves, que simbolizan su autoridad en el seno de la Iglesia, en presencia de tres jóvenes identificadas con las virtudes teologales: la Caridad, de blanco; la Fe, de encarnado; y  la Esperanza, de verde. El maestro veneciano confiere mayor protagonismo a Cristo y a la Caridad, cuyas figuras proyectan fuertes sombras que destacan sobre el fondo luminoso.

San Juan Crisóstomo, en su Homilía 54, nos explica cómo Cristo entregó las llaves a aquel que extendió la Iglesia por todo el orbe de la tierra. Éstas son sus palabras:

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás ./, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso. ¿Por qué Pedro es proclamado dichoso? Por haberlo confesado propiamente Hijo. No podemos conocer por otro medio al Hijo sino por el Padre, ni al Padre, sino por el mismo Hijo. Aquí tenemos palmaria-mente demostrada tanto la igualdad de honor, como la consustancialidad. ¿Y qué le respondió Cristo? Tú eres Simón, el hijo de Jonás; tú te llamarás Cefas. Puesto que tú —dice— has proclamado a mi Padre, yo nombro al que te engendró. Lo que equivale a decir: Lo mismo que tú eres hijo de Jonás, yo soy el Hijo de mi Padre.

En realidad, parecería superfluo decir: Tú eres hijo de Jonás: pero como Pedro añadió «Hijo de Dios», para demostrar que él era Hijo de Dios, lo mismo que Pedro era hijo de Jonás, de la misma sustancia que el Padre, por eso añadió aquel inciso. Ahora te digo yo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», esto es, sobre la fe que has confesado.

Con esto declara que iban a ser muchos los que aceptarían la fe y, elevando los sentimientos del apóstol, lo constituye pastor de su Iglesia. Y el poder del infierno no la derrotará. Y si a ella no la derrotarán, mucho menos me derrotarán a mí. Así que no te turbes, cuando oyeres que he sido entregado y crucificado. A continuación le concede una nueva distinción: Te daré las llaves del reino de los cielos. ¿Qué significa ese te daré? Lo mismo que el Padrete ha dado capacidad para que me conocieras, así también yo te daré.

Y no dijo: «Rogaré al Padre», no obstante tratarse de una gran demostración de autoridad y de un don de inefable valor, sino: Te daré. Pero pregunto: ¿qué es lo que das? Las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo ¿Y cómo el conceder sentar-se a la derecha y a la izquierda no va a estar en poder de quien dijo: Te daré? ¿No ves cómo eleva a Pedro a una más sublime opinión de él, cómo se revela a sí mismo, y cómo, mediante esta doble promesa, demuestra que él es el Hijo de Dios? Lo que propiamente es competencia exclusiva de solo Dios, eso es lo que Cristo promete dar a Pedro. A saber: perdonar pecados, mantener inconmovible a la Iglesia en medio de tantas agitaciones, convertir a un pescador en alguien más firme que la roca, aunque todo el mundo se ponga en contra. Lo mismo le decía el Padre a Jeremías: que le convertiría en columna de hierro, en muralla de bronce. Pero con esta diferencia: Jeremías era colocado frente a un solo pueblo; Pedro, en cambio, frente a todo el mundo.

Me gustaría preguntar a quienes pretenden ver disminuida la dignidad del Hijo, ¿cuáles son mayores: los dones que el Padre concede a Pedro o los que le otorga el Hijo? Porque el Padre le hace la revelación del Hijo; en cambio el Hijo le comisiona para que propague por todo el mundo tanto el conocimiento del Padre como el suyo propio, otorga a un hombre mortal todo poder en el cielo, al entregar las llaves a aquel que extendió la Iglesia por todo el orbe de la tierra, y mostró ser más firme que los cielos, pues dijo: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

miércoles, 3 de agosto de 2016

El Pantocrátor ruso-bizantino


En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»

El Señor Jesús se muestra en el Evangelio que hoy leemos en la Eucaristía como Señor y Salvador todopoderoso, que vence el poder del mal y manifiesta así su divinidad. Por eso, hemos escogido un Pantocrátor ruso para venerarlo. La tradición iconográfica del Pantocrator ocupa, por supuesto, un importante lugar en la iconografía oriental. De hecho, la misma denominación que utilizamos procede del griego.

El Pantocrátor que hoy contemplamos es un icono ruso del siglo XVII. Cristo, como emperador, está coronado con la corona imperial original rusa, que es una especie de casquete de oro rematado con una cruz.

Es curiosa la disposición de los dedos de la mano derecha. Por una parte, tres dedos están extendidos, simbolizando la Santísima Trinidad. Pero los otros dos dedos restantes están unidos en una especie de círculo, representando las dos naturalezas de la única persona de Cristo. En suma, todo un resumen de la teología cristiana formulada en los concilios ecuménicos de la antigüedad.

Según las normas tradicionales de la iconografía ortodoxa, parte del icono está cubierto de metal dorado, mientras que otra parte, especialmente el rostro, está pintada.

Al Señor, que reina vestido de majestad, sea todo el honor y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.