miércoles, 31 de julio de 2013

Corrado Giaquinto. Gloria de los santos


Gloria de santos. 1755. Corrado Giaquinto
Óleo sobre lienzo. Medidas: 97 cm x 137 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor. Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la piel de la cara radiante, y no se atrevieron a acercarse a él.

Este texto del capítulo 34 del Libro del Éxodo, que nos presenta la liturgia de hoy, pone de manifiesto el encuentro del hombre Moisés ante la trascendencia de Dios, señalada en forma de fuerza luminosa, que hace que Moisés aparezca radiante ante los israelitas, por lo que tiene que velarse el rostro cuando comparece ante ellos.

La fuerza de Dios fue frecuentemente interpretada como cornua, es decir, cuernos; de aquí que aparezca Moisés representado con dos cuernos. En realidad, se trata de la fuerza de Dios que hace que Moisés esté radiante.

Un bello cuadro del siglo XVIII que nos muestra a Moisés, en compañía de otros santos, ante la fuerza de Dios, es el que Corrado Giaquinto pintó para los reyes de España. En el centro de la composición, Moisés, en pie sobre nubes, señala al cielo de donde salen rayos de luz. Debajo de él, Abraham e Isaac y el cordero que le reemplaza en el sacrificio. En la izquierda de la composición, San Lorenzo y San Esteban con unos ángeles que traen la palma del martirio y, en la parte derecha, las mujeres fuertes de la Biblia y el rey David. Esta composición pertenece a la serie de bocetos para la cúpula de la capilla del Palacio Real.

martes, 30 de julio de 2013

Juan Correa de Vivar. El Juicio Final.


El Juicio Final. 1545. Juan Correa de Vivar
Óleo sobre tabla. Medidas: 136 cm x 100 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre.

Ésta es la explicación que dio Jesús a su parábola de la cizaña. Jesús habla de un juicio definitivo, en el que los hombres serán examinados ante el Señor: los corruptores y malvados serán apartados de la presencia del Señor, mientras que los justos brillarán como el sol.

Estas palabras han dado pie a innumerables representaciones pictóricas. La que hoy proponemos como comentario gráfico al Evangelio de la Liturgia pertenece al pintor del renacimiento español Juan Correa de Vivar.

Cristo sobre el arco iris, con los pies apoyados sobre el globo terráqueo y los brazos en alto, flanqueado por María y San Juan Bautista y, al lado de éstos, los doce apóstoles. Dos ángeles trompeteros anuncian el Juicio Final y enlazan con la escena inferior que muestra la resurrección de los muertos, y la gloria o el castigo que corresponde a sus acciones en la tierra. Llama la atención el contraste entre la cabeza del monstruo que engulle a los condenados, frente a la placidez de los salvados que dirigen su mirada agradecida a lo alto.

lunes, 29 de julio de 2013

Juan de Flandes. Resurrección de Lázaro.


Resurrección de Lázaro. 1514. Juan de Flandes
Óleo sobre tabla. Medidas: 110 cm x 84 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Conmemoración de los santos Lázaro, hermano de santa Marta, a quien lloró el Señor al enterarse de que había muerto, y al que resucitó, y María, su hermana, la cual, mientras Marta se ocupaba inquieta y nerviosa en preparar todo lo necesario, ella, sentada a los pies del Señor, escuchaba sus palabras.

Éste es el anuncio que nos hace el Martirologio romano para este día. Se trata de una celebración propia de muchos monasterios, que celebran el recuerdo conjunto de aquellos amigos del Señor, que lo hospedaron varias veces en su casa de Betania.

Por este motivo, nos detenemos hoy en una tabla procedente de la Iglesia de San Lázaro de Palencia, pintada por Juan de Flandes a comienzos del siglo XVI: la resurrección de Lázaro. Se trata del último y admirable signo de Jesús, según el Evangelio de san Juan. Lázaro ha muerto, y tras varios días, acude el Señor al ruego de sus hermanas. Conmovido por el dolor, Jesús mantiene un intenso diálogo con María acerca de la resurrección y la vida. Por fin, ante el escepticismo de todos, Jesús manda abrir la tumba y llama a Lázaro, que resucita.

De acuerdo con el estilo de sus años finales en Palencia, el pintor flamenco aumenta el tamaño de las tres figuras principales, Cristo bendiciendo a Lázaro, que sale de la tumba apoyando su mano en la tapa del sepulcro y con los ojos transformados en perlas negras, y una de sus hermanas -Marta según el Evangelio de San Juan (11, 38-44)-, de rodillas, tendiendo los brazos hacia el. Al fondo sitúa el cementerio y la capilla, en ruinas.

Esta tabla de Juan de Flandes pertenecen al retablo mayor de la Iglesia de San Lázaro de Palencia, costeado por don Sancho de Castilla, antiguo preceptor del malogrado príncipe don Juan, heredero de los Reyes Católicos, y patrono de la iglesia desde 1508.

domingo, 28 de julio de 2013

Retablo gótico. Juan rodríguez de Toledo


Retablo del Arzobispo don Sancho de Rojas. 1420. Juan Rodríguez de Toledo
Temple sobre tabla. Medidas: 532 cm x 618 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

En el Evangelio, que la liturgia de este domingo nos propone, nos enseña Jesús a orar con confianza a Dios, nuestro Padre. En él debemos confiar plenamente, y a él dirigir nuestras súplicas en nuestras necesidades. Beda el Venerable, en su Homilía 14, dice: Deseando nuestro Señor y Salvador que lleguemos a los goces del reino celestial, nos enseñó a pedirle estos mismos goces y prometió dárnoslos si se los pedimos: Pedid —dice— y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Debemos reflexionar seriamente y con la máxima atención, carísimos hermanos, sobre el mensaje de que son portadoras estas palabras del Señor, puesto que se nos asegura que el reino de los cielos no es patrimonio de ociosos y desocupados, sino que se dará, será hallado y se abrirá a quienes lo pidan, lo busquen y llamen a sus puertas.

Hemos escogido como ilustración de este texto un retablo gótico, que se conserva en el Museo del Prado, y que procede del Monasterio de San Benito el Real de Valladolid. Se trata de toda una catequesis con la historia de la Salvación, especialmente centrado en los misterios de la Encarnación y en la Redención del Señor. Todo converge, en lo alto, hacia Dios Padre Todopoderoso. La finalidad de estos retablos, que tendrán una fecunda historia en la tradición hispana, consistía en poner ante los ojos de los fieles los misterios del Señor, y moverlos a confiar plenamente en la ayuda divina.

La tabla central representa La Virgen con el Niño, y tras ellos cuatro ángeles sosteniendo el paño de brocado y otros cuatro tocando instrumentos musicales. San Benito y San Bernardo, santos de la Orden Benedictina, de pie, protegen al arzobispo Sancho de Rojas, a quien la Virgen le está poniendo la mitra y al rey don Fernando I de Aragón, coronado por el Niño. Los pináculos superiores representan al Padre Eterno, a ambos lados el Arcángel Gabriel y la Virgen María, con Isaías y David en los extremos. 

El segundo cuerpo muestra diversas escenas: La Crucifixión en la calle central; a la izquierda la Presentación en el Tempo, la Natividad y la Adoración de los Magos; y a la derecha la Piedad, el Santo Entierro y La Bajada al Limbo, algunas de ellas con considerables pérdidas de pintura. 

En el primer cuerpo: el Ecce Homo, la Flagelación, y Jesús con la Cruz a cuestas, a izquierda de la tabla central; junto a la Ascensión, Pentecostés, y la Misa de San Gregorio, que se representan a la derecha. 

Las dieciocho cabezas de santos del banco y el escudo de Rojas entre los pináculos completan la decoración del retablo. 

El conjunto es un ejemplo de retablo gótico de influencia italiana. En esta obra se ejemplifica de manera clara el avance hacia el naturalismo de la pintura gótica, con unas escenas descritas de manera sintética y eficaz para su perfecta comprensión por parte de los fieles. 

sábado, 27 de julio de 2013

Juan Correa de Vivar. Descendimiento de la Cruz


Descendimiento de la Cruz. 1545. Juan Correa de Vivar
Óleo sobre tabla. Medidas: 225 cm x 178 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

La tragedia acaecida en Santiago de Compostela nos mueve hoya contemplar una imagen que dé sentido al misterio de nuestra muerte. Nuestra fe nos remite inmediatamente a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo, que tuvo su desenlace en su santa Resurrección. Para ello hemos escogido un Descendimiento propio del Renacimiento, que expresa los sentimientos de los distintos protagonistas: el dolor de la madre, la compasión de quienes descienden el cadáver, el gesto místico de Juan y el llanto de las mujeres.

El Descendimiento que hemos escogido pertenece al pintor Juan Correa de Vivar. Considerada como una de sus mejores obras, destaca la cuidada composición cuyo equilibrio recuerda al arte de Juan de Borgoña (h. 1470 1534) y de Antonio Comontes (ca. 1520). Su tamaño y formato hacen suponer que hubiera podido formar parte del altar de alguna iglesia toledana desamortizada en el siglo XIX

La composición es una pervivencia de los modelos florentinos percibidos a través de Juan de Borgoña, como El Descendimiento de la cruz de este último pintado al fresco en la Sala Capitular de la catedral de Toledo (1509-1511). Se trata de una compleja narración donde convive el dolor de María, la intensa devoción de la Magdalena y la actividad física de Nicodemo, José de Arimatea y, en este ejemplar del Prado, del propio San Juan. La escena se enmarca aquí en un espléndido paisaje que evoca igualmente al maestro Borgoña. El contraste entre los peñascos de rotunda geometría, coronados por arbustos y matorrales de un verde intenso, con el color arcilloso de las piedras sirve para crear un escenario cercano y luminoso que se abre en el centro hacia una línea del horizonte poblada por valles y colinas.

viernes, 26 de julio de 2013

Vicente Carducho. La Sagrada Familia.


La Sagrada Familia. 1631. Vicente Carducho
Óleo sobre lienzo. Medidas: 150 cm x 115 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Hoy recordamos en la liturgia a los santos Joaquín y Ana, los padres de la santísima Virgen María. A través de ellos, enlaza Jesús no sólo con la naturaleza humana de una familia de Israel, sino con toda la histora de la salvación.

Vicente Carducho los incluyó en su Sagrada Familia. El cuadro está firmado con iniciales y fechado en 1631, siete años antes de la muerte de su autor, que fue uno de los pintores más influyentes y prolíficos que trabajaron en Madrid en las primeras décadas del siglo XVII. Era de origen florentino y a lo largo de toda su carrera se mostró apegado a un estilo clasicista, de gran claridad narrativa, del que es espléndido ejemplo este cuadro, una de sus composiciones más bellas y equilibradas. El pintor ha cuidado mucho la expresión, pero también los detalles, como demuestra la cesta de frutas o los útiles de labor del primer término, que constituyen espléndidos ejemplos de naturaleza muerta.

El protoevangelio de Santiago cuenta que los vecinos de Joaquín se burlaban de él porque no tenía hijos. Entonces, el santo se retiró cuarenta días al desierto a orar y ayunar, en tanto que Ana (cuyo nombre significa Gracia) "se quejaba en dos quejas y se lamentaba en dos lamentaciones". Un ángel se le apareció y le dijo: "Ana, el Señor ha escuchado tu oración: concebirás y darás a luz. Del fruto de tu vientre se hablará en todo el mundo". A su debido tiempo nació María, quien sería la Madre de Dios. Esta narración se parece mucho a la de la concepción y el nacimiento de Samuel, cuya madre se llamaba también Ana ( I Reyes, I ). Los primeros Padres de la Iglesia oriental veían en ello un paralelismo. En realidad, se puede hablar de paralelismo entre la narración de la concepción de Samuel y la de Juan Bautista, pero en el caso presente la semejanza es tal, que se trata claramente de una imitación. La mejor prueba de la antiguedad al culto a Santa Ana en Constantinopla es que, a mediados del siglo VI, el emperador Justiniano le dedicó un santuario. En Santa María la Antigua hay dos frescos que representan a Santa Ana y datan del siglo VIII. En 1382, Urbano VI publicó el primer decreto pontificio referente a Santa Ana; por él concedía la celebración de la fiesta de la santa a los obispos de Inglaterra exclusivamente. La fiesta fue extendida a toda la Iglesia de occidente en 1584.

San Juan Damasceno, predicando sobre la Natividad de santa María, ensalzó a sus padres con estas bellas palabras:

Ya que estaba determinado que la Virgen Madre de Dios nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su fruto hasta que la gracia hubo dado el suyo. Convenía, en efecto, que naciese como primogénita aquella de la que había de nacer el primogénito de toda la creación, en el cual todo se mantiene.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana! Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.

Alégrate, Ana, la estéril, que no dabas luz, rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores. Salta de gozo, Joaquín, porque de tu hija un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y será llamado: «Angel del gran designio» de la salvación universal, «Dios guerrero». Este niño es Dios.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana, totalmente inmaculados! Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis. Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios y digna de aquella que tuvo en vosotros su origen. Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.

¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana! Vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón. Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles. ¡Oh bellísima niña, sumamente amable! ¡Oh hija de Adán y madre de Dios!

¡Bienaventuradas las entrañas y el vientre de los qm saliste! ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, lo; labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, e; decir, únicamente los de tus padres, para que siempre y er todo guardaras intacta tu virginidad!

Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad Alzad fuerte la voz, alzadla, no temáis.

jueves, 25 de julio de 2013

Murillo. El Apóstol Santiago


El Apóstol Santiago. 1655. Bartolomé Esteban Murillo
Óleo sobre lienzo. Medidas: 134 cm x 107 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Para la solemnidad del Apóstol Santiago, hemos escogido esta obra de Murillo que expresa diversos aspectos del culto al santo apóstol. Por una parte, la túnica roja nos habla de su martirio. El libro que lleva en la mano nos manifiesta su condición de evangelizador, según la tradición, en la Hispania romana. El báculo de peregrino y las conchas que lleva sobre la esclavina nos hablan de los peregrinos que hacia su tumba de Compostela dirigieron sus pasos y oraciones.

Pero de esta obra de Murillo me quedaría con la mirada serena y profunda del apóstol, tal vez algo cansada, con unos ojos llenos de esperanza, como los ojos de tantos peregrinos, que con esperanza siguen caminando por esta vida hacia el Señor.

De este sentido simbólico de la peregrinación habló el papa Benedicto XVI, en su pregrinación a Santiago de Compostela, durante la Eucaristía celebrada en la Plaza del Obradoiro el 6 de noviembre de 2010:

El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria.

miércoles, 24 de julio de 2013

Dieric Bouts. La recogida del maná


La recogida del maná. 1468. Dieric Bouts
Óleo sobre tabla. Medidas: 151 cm x 180 cm.
San Pedro de Lovaina. Bélgica.

El Señor dijo a Moisés: - «Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. El día sexto prepararán lo que hayan recogido, y será el doble de lo que recogen a diario.»

La liturgia nos propone en la primera lectura de hoy el texto del Éxodo en el que Dios alimenta al hambriento pueblo de Israel, que murmura torturado no sólo por el hambre, sino también por su desconfianza. Sobre esta escena, el célebre pintor flamenco Bouts elaboró esta tabla, que forma parte del Altar de la Última Cena. Los personajes visten los lujosos atuendos flamencos de la época.

Este milagro tiene un papel central en la historia del Éxodo: Dios alimentó a su pueblo, es decir, no sólo lo rescató de la esclavitud, sino que lo condujo y alimentó a través del desierto. Este antecedente fue empleado por Jesucristo, cuando se presentó a sí mismo como el verdadero pan del cielo, que alimenta a todo hombre que viene al mundo.

martes, 23 de julio de 2013

Luca Giordano. Santa Brígida.


Santa Brígida salvada de un naufragio por la Virgen. 1700. Luca Giordano
Óleo sobre lienzo. Medidas: 62 cm x 77 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Hoy celebramos la fiesta de santa Brígida de Suecia (1302-1373), que dejó su país para pasar a vivir en Roma en 1349. Allí llevó una vida de santidad realizando numerosos viajes pastorales. Durante una peregrinación a Palestina (1371), el barco que la conducía sufrió un naufragio en Jaffa, evitando la muerte por intervención de la Virgen.

La pincelada libre y colorista de Luca Giordano se acomoda al estilo del final de su etapa española. Se desconoce su destino final, aunque podría ser un estudio preparatorio para un espacio rematado por una bóveda de medio punto, tal y como revela el semicírculo pintado en la parte superior de la composición.

Benedicto XVI nos ha dejado esta hermosa y profunda catequesis sobre la santa, pronunciada el 27 de octubre de 2010:

Podemos distinguir dos periodos en la vida de esta Santa. El primero se caracterizó por su condición de mujer felizmente casada. Su marido se llamaba Ulf y era gobernador de un importante distrito del reino de Suecia. El matrimonio duró veintiocho años, hasta la muerte de Ulf. Nacieron ocho hijos, de los que la segunda, Karin (Catalina), es venerada como santa. Esto es un signo elocuente del compromiso educativo de Brígida respecto de sus propios hijos. Por lo demás, su sabiduría pedagógica era apreciada hasta tal punto que el rey de Suecia, Magnus, la llamó a la corte por un cierto tiempo, con el fin de introducir a su joven esposa, Blanca de Namur, en la cultura sueca.

Brígida, espiritualmente guiada por un docto religioso que la inició en el estudio de las Escrituras, ejerció una influencia muy positiva en su propia familia que, gracias a su presencia, se convirtió en una verdadera “iglesia doméstica”. Junto con su marido, adoptó la Regla de los Terciarios franciscanos. Practicaba con generosidad obras de caridad hacia los indigentes; fundó también un hospital. Junto a su esposa, Ulf aprendió a mejorar su carácter y a progresar en la vida cristiana. A la vuelta de una larga peregrinación a Santiago de Compostela, efectuado en 1341 junto a otros miembros de la familia, los esposos maduraron el proyecto de vivir en continencia; pero poco después, en la paz de un monasterio en el que se había retirado, Ulf concluyó su vida terrena.

Este primer periodo de la vida de Brígida nos ayuda a apreciar la que hoy podríamos definir una auténtica “espiritualidad conyugal”: juntos, los esposos cristianos pueden recorrer un camino de santidad, sostenidos por la gracia del Sacramento del Matrimonio. No pocas veces, precisamente como sucedió en la vida de santa Brígida y de Ulf, es la mujer la que con su sensibilidad religiosa, con la delicadeza y la dulzura consigue hacer recorrer al marido un camino de fe...

Cuando Brígida se quedó viuda, comenzó el segundo periodo de su vida. Renunció a otro matrimonio para profundizar en la unión con el Señor a través de la oración, la penitencia y las obras de caridad. También las viudas cristianas, por tanto, pueden encontrar en esta Santa un modelo a seguir. En efecto, Brígida, a la muerte de su marido, tras haber distribuido sus propios bienes a los pobres, aún sin acceder nunca a la consagración religiosa, se estableció en el monasterio cisterciense de Alvastra. Aquí tuvieron inicio las revelaciones divinas, que la acompañaron todo el resto de su vida. Éstas fueron dictadas por Brígida a sus secretarios-confesores, que las tradujeron del sueco al latín y las recogieron en una edición de ocho libros, titulados Revelationes (Revelaciones). A estos libros se añadió un suplemento, que lleva por título Revelationes extra vagantes (Revelaciones suplementarias).

Las Revelaciones de santa Brígida presentan un contenido y un estilo muy variados. A veces la revelación se presenta bajo forma de diálogos entre las Personas divinas, la Virgen, los santos y también los demonios; diálogos en los que también Brígida interviene. Otras veces, en cambio, se trata de la narración de una visión particular; y en otras se narra lo que la Virgen María le revela sobre la vida y los misterios del Hijo. El valor de las Revelaciones de santa Brígida, a veces objeto de alguna duda, fue precisado por el Venerable Juan Pablo II en la Carta Spes Aedificandi: “Reconociendo la santidad de Brígida – escribe mi amado Predecesor – la Iglesia, aún sin pronunciarse sobre cada una de las revelaciones, acogió la autenticidad conjunta de su experiencia interior” (n. 5).

De hecho, leyendo estas Revelaciones, se nos interpela sobre muchos temas importantes. Por ejemplo, vuelve frecuentemente la descripción, con detalles muy realistas, de la Pasión de Cristo, hacia la cual Brígida tuvo siempre una devoción privilegiada, contemplando en ella el amor infinito de Dios por los hombres. En la boca del Señor que le habla, ella pone con audacia estas conmovedoras palabras: “Oh, amigos míos, yo amo tan tiernamente a mis ovejas que, si fuese posible, quisiera morir muchas otras veces, por cada una de ellas, de la misma muerte que sufrí por la redención de todas” (Revelationes, Libro I, c. 59). También la dolorosa maternidad de María, que la hizo Mediadora y Madre de misericordia, es un argumento que se repite a menudo en las Revelaciones.

Recibiendo estos carismas, Brígida era consciente de ser destinataria de un don de gran predilección por parte del Señor: “Hija mía – leemos en el primer libro de las Revelaciones – Yo te he elegido para mí, ámame con todo tu corazón... más que todo lo que existe en el mundo” (c. 1). Por lo demás, Brígida sabía bien, y estaba firmemente convencida de ello, que todo carisma está destinado a edificar la Iglesia. Precisamente por ese motivo, no pocas de sus revelaciones estaban dirigidas, en forma de advertencias incluso severas, a los creyentes de su tiempo, incluyendo las Autoridades religiosas y políticas, para que viviesen coherentemente su vida cristiana; pero hacía esto con una actitud de respeto y de fidelidad plena al Magisterio de la Iglesia, en particular al Sucesor del Apóstol Pedro.

En 1349 Brígida dejó para siempre Suecia y se dirigió en peregrinación a Roma. No sólo quería tomar parte en el Jubileo de 1350, sino que deseaba también obtener del Papa la aprobación de la Regla de una orden religiosa que quería fundar, dedicada al Santo Salvador, y compuesta por monjes y monjas bajo la autoridad de la abadesa. Este es un elemento que no debe sorprendernos: en la Edad Media existían fundaciones monásticas con na rama masculina y una rama femenina, pero con la práctica de la misma regla monástica, que preveía la dirección de la Abadesa. De hecho, en la gran tradición cristiana, a la mujer se le reconoce una dignidad propia y – a ejemplo de María, Reina de los Apóstoles – un lugar propio en la Iglesia, que, sin coincidir con el sacerdocio ordenado, es también importante para el crecimiento espiritual de la Comunidad. Además, la colaboración de consagrados y consagradas, siempre en el respeto de su vocación específica, reviste una gran importancia en el mundo de hoy.

En Roma, en compañía de su hija Karin, Brígida se dedicó a una vida de intenso apostolado y de oración. Y desde Roma se fue en peregrinación a varios santuarios italianos, en particular a Asís, patria de san Francisco, hacia el cual Brígida sintió siempre gran devoción. Finalmente, en 1371, coronó su más grande deseo: el viaje a Tierra Santa, a donde se dirigió en compañía de sus hijos espirituales, un grupo al que Brígida llamaba “los amigos de Dios”.

Durante esos años, los pontífices se encontraban en Aviñón, lejos de Roma: Brígida se dirigió encarecidamente a ellos, para que volviesen a la sede de Pedro, en la Ciudad Eterna.

Murió en 1373, antes de que el Papa Gregorio XI volviese definitivamente a Roma. Fue sepultada provisionalmente en la iglesia romana de San Lorenzo en Panisperna, pero en 1374 sus hijos Birger y Karin la volvieron a llevar a su patria, al monasterio de Vadstena, sede de la Orden religiosa fundada por santa Brígida, que conoció en seguida una notable expansión. En 1391 el Papa Bonifacio IX la canonizó solemnemente.

La santidad de Brígida, caracterizada por la multiplicidad de los dones y de las experiencias que he querido recordar en este breve perfil biográfico-espiritual, la hace una figura eminente en la historia de Europa. Procedente de Escandinavia, santa Brígida atestigua cómo el cristianismo había permeado profundamente la vida de todos los pueblos de este Continente. Declarándola copatrona de Europa, el Papa Juan Pablo II auguró que santa Brígida – vivida en el siglo XIV, cuando la cristiandad occidental aún no había sido herida por la división – pueda interceder eficazmente ante Dios, para obtener la gracia tan esperada de la plena unidad de todos los cristianos. Por esta misma intención, que consideramos tan importante, y para que Europa sepa siempre alimentarse de sus propias raíces cristianas, queremos rezar, queridos hermanos y hermanas, invocando la poderosa intercesión de santa Brígida de Suecia, fiel discípula de Dios, copatrona de Europa.

lunes, 22 de julio de 2013

Jaime Serra. Historias de la Magdalena


Historias de la Magdalena. 1356-1359. Jaime Serra
Temple sobre tabla. Medidas: 280 cm x 92 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Hoy recuerda la Iglesia a santa María Magdalena, la santa que dio testimonio del Señor resucitado. Su advocación gozó de gran popularidad, desde que el abad Odilón de Cluny propagó su culto. En ella se juntaron varios elementos: la mujer que había sido liberada del poder del maligno por Jesús, la testigo de su Muerte y Resurrección, y la penitente que dedicó el esto de sus días a la alabanza del Señor. En cierto modo fue considerada como antecedente de la vida monástica eremítica.

Como muestra pictórica de este conjunto de conceptos, proponemos hoy la contemplación de un Altar con historias bíblicas de la vida de María Magdalena. En la parte superior se representa la cena en casa de Simón, momento en el que la Magdalena lava con perfumes los pies de Cristo y los enjuga con sus propias lágrimas y cabellos (Lucas 7, 36-50). A continuación, la escena de la izquierda representa la visita de las Santas Mujeres al Sepulcro de Cristo, que encuentran vacío y un ángel les anuncia su Resurrección (Marcos 16, 1-8; Mateo 28, 1-7; Lucas 24, 1-8). A la derecha, representación del “Noli me tangere”: la Magdalena es testigo de la primera aparición de Cristo resucitado (Marcos 16, 9-11). Y, por último, la cuarta escena representa el tránsito de la Magdalena, pasaje legendario de la vida de la santa en el que, según la tradición, a su muerte es elevada a los cielos por ángeles. 

En el banco -parte inferior del retablo- aparecen San Pedro, Santo Domingo vestido con los hábitos de monje dominico, y un obispo tocado con la mitra y en cuyas manos pueden observarse las heridas de los estigmas de la Pasión de Cristo. Esta tabla formó junto a su compañera, Historias de San Juan Bautista, los laterales del retablo de Nuestra Señora de Tobed (Zaragoza), que se completaba con la Virgen, el Niño y el rey Enrique II de Castilla (1333-1379) como donante en la tabla central.

domingo, 21 de julio de 2013

Beuckelaer. Jesús en casa de Marta y María


Jesús en casa de Marta y María. 1568. Joachim Beuckelaer
Óleo sobre tabla. Medidas: 126 cm x 243 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Leemos en la Eucaristía de este domingo la escena en la que Jesús visita a Marta y María; y mientras que una hermana se afana en el servicio, la otra escucha atenta la palabra del Señor. Sobre ambas formas de estar ante el Señor, pintó esta curiosa obra el flamenco Beuckelaer.

En primer plano se representa una escena cotidiana con una cocina repleta de elementos de naturaleza muerta y dos mujeres en actitud de trabajo. Al fondo, bajo un pórtico, aparece Jesús predicando ante María. Esta historia evangélica es apropiada para resaltar lo espiritual por encima de las cosas materiales. 

La abundancia de los objetos del primer plano, que recuerda la opulencia de las clases adineradas flamencas, es superada por la trascendencia del hecho religioso relatado en el último plano. Este recurso rompe con la jerarquía temática tradicional y fue característico de los artistas flamencos del momento, teniendo una gran influencia en la obra temprana de Diego Velázquez. 

Beuckelaer combina en esta obra la capacidad realista de representar los objetos, propia del arte nórdico, con el uso de elementos arquitectónicos, como el pórtico, fruto del conocimiento de la teoría artística italiana.

Esta escena pone ante nosotros la disyuntiva entre la vida activa y la vida contemplativa. San Gregorio Magno, en sus Homilías sobre el libro de Ezequiel, lo comenta con las siguientes palabras:

La vida activa consiste en dar pan al hambriento, enseñar la sabiduría al ignorante, corregir al que yerra, reconducir al soberbio al camino de la humildad, cuidar al enfermo, proporcionar a cada cual lo que le conviene y proveer los medios de subsistencia a los que nos han sido confiados.

La vida contemplativa, en cambio, consiste, es verdad, en mantener con toda el alma la caridad de Dios y del prójimo, pero absteniéndose de toda actividad exterior y dejándose invadir por solo el deseo del Creador, de modo que ya no encuentre aliciente en actuar, sino que, descartada cualquier otra preocupación, el alma arda en deseos de ver el rostro de su Creador, hasta el punto de que comienza a soportar con hastío el peso de la carne corruptible y apetecer con todo el dinamismo del deseo unirse a los coros angélicos que entonan himnos, confundirse entre los ciudadanos del cielo y gozarse en la presencia de Dios de la eterna incorrupción.

Buen modelo de estos dos tipos de vida fueron aquellas dos mujeres, a saber, Marta y María, de la cuales una se multiplicaba para dar abasto con el servicio, mientras la otra, sentada a los pies del Señor, escuchaba las palabras de su boca. Como Marta se quejase de que su hermana no se preocupaba de echarle una mano, el Señor le contestó: Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán. Fíjate que no se reprueba la parte de Marta, pero se alaba la de María. Ni se limita a decir que María ha elegido la parte buena, sino la parte mejor, para indicar que también la parte de Marta era buena. Y por qué la parte de María sea la mejor, lo subraya a continuación diciendo: Y no se la quitarán.

En efecto, la vida activa acaba con la muerte. Pues ¿quién puede dar pan al hambriento en la patria eterna, en la que nadie tendrá hambre? ¿Quién puede dar de beber al sediento, si nadie tiene sed? ¿Quién puede enterrar a los muertos, si nadie muere? Por tanto, mientras la vida activa acaba en este mundo, la vida contemplativa, iniciada aquí, se perfecciona en la patria celestial, pues el fuego del amor que aquí comienza a arder, a la vista del Amado, se enardece todavía en su amor.

Así pues, la vida contemplativa no cesará jamás, pues logra precisamente su perfección al apagarse la luz del mundo actual.

sábado, 20 de julio de 2013

Gentileschi. Moisés salvado de las aguas.


Moisés salvado de las aguas. 1633. Orazio Gentileschi
Óleo sobre lienzo. Medidas: 242 cm x 281 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Estos días estamos leyendo en la primera lectura de la Eucaristía el libro del Éxodo, la historia de la salvación de Israel. El hombre del que se valió Dios para actuar en Israel fue Moisés, cuya vida estuvo en manos del Señor desde su mismo inicio, al ser salvado del Nilo por la propia hija del Faraón. En honor de este gran personaje de la historia de Israel, traemos hoy a colación este cuadro barroco del pintor italiano Orazio Gentileschi. Este lienzo de carácter sofisticado y elegante, con suntuosas gamas cromáticas, fue pintado durante su estancia en la corte de Carlos I de Inglaterra como regalo del artista a Felipe IV de España.

viernes, 19 de julio de 2013

Jan van eyck. La fuente de la Gracia

La Fuente de la Gracia y Triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga. 1430. Escuela de Jan van Eyck
Óleo sobre tabla. Medidas: 181 cm x 119 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas. No comeréis de ella nada crudo ni cocido en agua, sino asado a fuego: con cabeza, patas y entrañas. No dejaréis restos para la mañana siguiente; y, si sobra algo, lo quemaréis. Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor.

La primera lectura de la Eucaristía de hoy nos propone el anterior texto, que nos describe la institución de la fiesta judía de la Pascua. Se trata de la intervención de Dios en la historia, para liberar a su pueblo. Dicha intervención alcanza su plenitud en la Pascua de Cristo, el verdadero cordero de Dios que quita los pecados del mundo, con cuyo sacrificio en la Cruz somos rescatados todos los hombres.

Durante la época gótica fue usual representar ambos aspectos del misterio pascual de Cristo, contraponiendo a la Sinagoga, es decir, la fe de Israel que niega a Cristo, con la Iglesia. Aquella es ciega, ésta ha recibido la plenitud de la gracia. Y en el centro, está el cordero, sobre el cual está Cristo.

La representación está realizada en tres planos. En el superior se encuentra Cristo en el trono, entre la Virgen y San Juan Evangelista, con el Cordero a los pies, de donde brota un manantial. En el medio aparecen ángeles músicos y cantores. En el plano inferior se representan a la izquierda reyes, nobles, papas, teólogos, y a la derecha varios judíos confusos y en fuga, uno de ellos con los ojos vendados. 

Las Sagradas Formas que manan con el agua dan al tema un claro significado eucarístico y convierten el agua en símbolo de Gracia, que ilumina a la Iglesia Triunfante y ciega a la Sinagoga, es decir, a los judíos que no reconocen a Cristo. 

El cuadro está basado en el Políptico de los hermanos van Eyck en la catedral de San Bavón de Gante, aunque existen ciertas diferencias, especialmente el mayor desarrollo de la arquitectura del baldaquino, dispuesto en las tres terrazas, y la posición del Cordero a los pies del Creador. 

La obra se localiza en España desde mediados del siglo XV cuando fue donado por Enrique IV al Monasterio del Parral de Segovia.

jueves, 18 de julio de 2013

Fernando Gallego. Cristo bendiciendo.


Cristo bendiciendo. 1494-1496. Fernando Gallego
 Técnica mista. Tabla. Medidas: 169cm x 132cm.
Museo del Prado. Madrid España.

En aquellos días, Moisés, después de oír la voz del Señor desde la zarza ardiendo, le replicó:
-«Mira, yo iré a los israelitas y les diré: "El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros." Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?»
Dios dijo a Moisés:
-«"Soy el que soy"; esto dirás a los israelitas: " 'Yo soy' me envía a vosotros."»

Éste es el texto que nos ha propuesto la primera lectura de la liturgia del día de hoy, tomado del libro del Éxodo. Se trata de uno de los textos fundamentales de todo el Antiguo Testamento: la revelación a Moisés del nombre de Dios, el Dios de los patriarcas, pero también el Dios que acompaña a su pueblo a través de la historia, el Dios que ha querido estar con nosotros.

La plenitud de esta revelación tiene lugar en Jesucristo, el Hijo de Dios, que nos manifiesta quién es Dios en sí mismo: la Trinidad única de las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

De este modo, la revelación de Moisés alcanza su total plenitud en Jesucristo, el que es. Esta afirmación aparecerá repetidamente en el Evangelio según san Juan: Yo soy...: la luz, la vida, el pan de la vida, etc.

A finales del siglo XV, durante el floreciente reinado de los Reyes Católicos, pintó el artista salmantino Fernando Gallego este Cristo bendiciendo para el retablo de San Lorenzo, de la localidad de Toro (Zamora), que finalmente, debido a sus proporciones, no pudo ocupar dicho emplazamiento. 

Cristo aparece entronizado, vestido con túnica roja y sujetando la bola del Mundo en su mano izquierda, bendice con la derecha flanqueado por las figuras de la Iglesia y de la Sinagoga y rodeado por el Tetramorfos. 

Cristo es presentado como Salvador del Mundo. Se contrastan las figuras de la Sinagoga, con las tablas de la ley de Moisés y el estandarte roto, y de la Iglesia, laureada, portando el estandarte de la Victoria, y un cáliz con la Sagrada Forma como símbolo de la nueva promesa de la muerte y Resurrección de Cristo. Su palabra, plasmada en los Evangelios del Nuevo Testamento, se representa mediante el Tetramorfos, los símbolos de los cuatro evangelistas: el águila de San Juan, el toro de San Lucas, el león de San Marcos y el ángel de San Mateo. 

Las arquitecturas góticas, la composición y la técnica pictórica son un buen ejemplo del depurado estilo de Gallego, profundamente impregnado de elementos flamencos. 

miércoles, 17 de julio de 2013

Mosaico bizantino. La zarza ardiendo


Ayer comenzamos a leer en la primera lectura de la Eucaristía el ciclo del Éxodo, con la figura de Moisés como instrumento elegido por Dios para liberar a su pueblo y realizar el misterio de la Pascua. Hoy leemos el episodio de la zaza del Horeb. El joven Moisés, después de matar al egipcio que maltrataba a unos israelitas, tiene que huir. Conoce a la que va a ser su mujer, Séfora, hija del sacerdote Jetró, al que sirve cuidando de sus rebaños. Pastoreando por el Horeb, queda admirado ante un hecho prodigioso: una zarza está ardiendo, pero no se consume. He aquí el texto completo:

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.
El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.
Moisés se dijo:
-«Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza. »
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
-«Moisés, Moisés.»
Respondió él:
-«Aquí estoy.»
Dijo Dios:
-«No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.»
Y añadió:
-«Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.»
Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

El arte bizantino representó esta escena frecuentemente. Hoy sugerimos, para la contemplación, un mosaico que nos describe la escena. Es fundamental el hecho de los pies sagrados, es decir, la humildad exigida al hombre ante la santidad de Dios, aspecto fundamental en la piedad y en la iconografía oriental.

Esta imagen fue tipológicamente asimilada, tanto en oriente como en occidente, a la perpetua virginidad de María, que a pesar de engendrar al Hijo de Dios, no sufrió menoscabo.

martes, 16 de julio de 2013

Luis Tristán. Retrato de un carmelita


Retrato de un carmelita.1620. Luis Tristán
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 110cm x 84cm.
Museo del Prado. Madrid España.

La memoria litúrgica de Nuestra Señora del Monte Carmelo nos hace evocar necesariamente a esta tan querida orden religiosa, que tanto ha aportado a la historia y a la espiritualidad de la Iglesia. Desde finales del siglo XVI, gracias a las inapreciables aportaciones de santa Teresa y de san Juan de la Cruz, se constituyeron en un claro referente de la espiritualidad católica. De esa época procede la imagen que proponemos hoy para la contemplación: el Retrato de un Carmelita, obra de Luis Tristán.

Sobre un fondo liso en el que el contorno de la figura se dibuja con limpieza, Tristán ha pintado a un fraile carmelita que viste el hábito de la orden. El personaje, hasta hoy desconocido, está representado de medio cuerpo y sentado ante una pequeña mesa vestida con un tapete verde; con su mano izquierda sujeta un libro sobre el que apoya la derecha y que descansa sobre otro tomo que reposa sobre el tablero; quizá el pintor nos está indicando que se trata de un fraile escritor. El rostro sin idealizar, tiene una sorprendente fuerza individual y la expresividad de su mirada, que dirige al espectador, da a conocer el carácter enérgico del fraile. Es también manifiesto el interés del autor por el claroscuro al iluminar el rostro, las manos y los tonos blancos para hacerlos destacar sobre el color neutro del fondo.

lunes, 15 de julio de 2013

Francisco Herrera. San Buenaventura recibe el hábito de san Francisco


San Buenaventura recibe el hábito de san Francisco.1628.  Francisco Herrera el Viejo
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 231cm x 215cm.
Museo del Prado. Madrid España.

La liturgia recuerda hoy a san Buenaventura, el gran santo franciscano, general de la Orden pocos años después del propio san Francisco, teólogo excepcional y contemporáneo de santo Tomás de Aquino en la Universidad de París.

La obra que proponemos en esta conmemoración procede de la paleta del pintor barroco Francisco Herrera el Viejo. La escena formó parte de una serie de ocho cuadros realizada por Herrera y Zurbarán para la iglesia del Colegio de San Buenaventura en Sevilla y dedicada a la vida de este santo (1221-1274). Esta pintura representa el momento en que el joven Buenaventura se postra ante San Francisco para recibir el hábito. El colorido terroso y las pinceladas briosas son característicos del pintor. De la propia pluma de san buenaventura, les proponemos la lectura de un texto de una de sus obras cumbres: el Itinerario de la Mente hacia Dios:

Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es la placa de la expiación colocada sobre el arca de Dios y el misterio escondido desde el principio de los siglos. El que mira plenamente de cara esta placa de expiación y la contempla suspendida en la cruz, con la fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, como muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.

Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.

Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y quedar con vida. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: «Amén».

domingo, 14 de julio de 2013

Giacomo Conti. Parábola del buen samaritano


Giacomo Conti
Parabola del Buen Samaritano
Iglesia de la Medalla Milagrosa - Mesina

Este domingo, la liturgia pone ante nuestra consideración la parábola del buen samaritano, el hombre que se compadeció del necesitado, frente a la indiferencia de quienes pasaron de largo. La imagen con la que podemos contemplar esta escena pertenece a un pintor italiano del siglo XIX: Giacomo Conti (1813-1888). Nos presenta al samaritano, curando las heridas del hombre asaltado por los ladrones, al que da la espalda el sacerdote que sube a Jerusalén y pasa de largo ante la desgracia de su prójimo. San Juan Crisóstomo, en su Homilía 10 sobre la Carta a los Hebreos, comenta de este modo este pasaje:

Todo fiel es santo, en la medida en que es fiel; aun cuando viva en el mundo y sea seglar, es santo. Por tanto, si vemos a un hombre del mundo en dificultades, echémosle una mano. Ni debemos mostrarnos obsequiosos únicamente con los que moran en los montes: ciertamente, ellos son santos tanto por la vida como por la fe; los que viven en el mundo son santos por la fe y muchos también por la vida. No suceda que si vemos a un monje en la cárcel, entremos a visitarlo; pero si se trata de un seglar, no entremos: también éste es santo y hermano. Y, ¿qué hacer, me dirás, si es un libertino y un depravado? Escucha a Cristo que dice: No juzguéis y no os juzgarán. Tú hazlo por Dios.

Pero ¿qué es lo que digo? Aunque al que viéramos en apuros fuera un pagano cualquiera, nuestra obligación es ayudarlo; y, para decirlo de una vez, debemos socorrer a todo hombre a quien hubiera ocurrido una desgracia: ¡con mayor razón a un fiel seglar! Oye lo que dice san Pablo: Trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. De hecho, el que pretende favorecer únicamente a los que viven en soledad y dijere, examinándolos con curiosidad: «Si no es digno, si no es justo, si no hace milagros, no lo ayudo», ya ha quitado a la limosna buena parte de su mérito; más aún, poco a poco le irá quitando hasta ese poco que le resta. Por tanto, es también limosna la que se hace tanto a los pecadores como a los reos. La limosna consiste en esto: en compadecerse no de los que hicieron el bien, sino de los que pecaron. Y para que te convenzas de ello, escucha esta parábola de Cristo.

Dice así: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que después de haberlo molido a palos, lo abandonaron en el camino herido y medio muerto. Por casualidad, un levita pasó por allí y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo; lo mismo hizo un sacerdote: al verlo, pasó de largo. Vino finalmente un samaritano y se interesó por él: le vendó las heridas, las untó con aceite, lo montó sobre su asno, lo llevó a la posada, y dijo al posadero: cuida de él. Y extremando su generosidad, añadió: Yo te daré lo que gastes. Después Jesús preguntó: ¿Cuál de éstos se portó como prójimo? Y el letrado qué contestó: El que practicó la misericordia con él, hubo de oír: anda, pues, y haz tú lo mismo.

Reflexiona sobre el protagonista de la parábola. Jesús no dijo que un judío hizo todo esto con un samaritano, sino que fue un samaritano el que hizo todo aquel derroche de liberalidad. De donde se deduce que debemos atender a todos por igual y no sólo a los de la misma familia en la fe, descuidando a los demás. Así que también tú si vieres que alguien es víctima de una desgracia, no te pares a indagar: tiene él derecho a tu ayuda por el simple hecho de sufrir. Porque si sacas del pozo al asno a punto de ahogarse sin preguntar de quién es, con mayor razón no debe indagarse de quién es aquel hombre: es de Dios, tanto si es griego como si es judío: si es un infiel, tiene necesidad de tu ayuda.

sábado, 13 de julio de 2013

Felipe Vigarny. El Salvador


La Catedral de san Antolín de Palencia suele denominarse popularmente como la Bella Desconocida, por la gran cantidad de magníficas obras que atesora, y lo escasamente conocida que es. Una de estas maravillas es la escultura que contemplamos hoy: el Salvador.

Felipe Bigarny o Vigarny, según las distintas grafías, fue unos de los escultores más prolíficos del renacimiento castellano. Oriundo de Borgoña, dejó en la nave del Evangelio de la Catedral de Palencia esta obra, tallada en madera de nogal dorada y policromada.,  que en principio estaba destinada al retablo del altar mayor, pero que luego fue sustituida por la de San Antolín. El paño de este retablo se atribuye a Diego de Siloé, y fue ejecutado en torno al año 1500.

La imagen nos muestra a Cristo en majestad, sedente, rodeado del Tetramorfos. En la mano izquierda sostiene el Señor un magníficos libro, que contiene su mensaje, y con la mano derecha bendice en la forma típicamente occidental, es decir, con los tres primeros dedos extendidos simbolizando la Trinidad, a diferencia de los orientales.

viernes, 12 de julio de 2013

Giovanni del Biondo. San Juan Gualberto.


Giovanni del Biondo. San Juan Gualberto
180x160 cm.
Florencia. Santa Croce.

Hoy recordamos a uno de los monjes reformadores de la Edad Media: San Juan Gualberto. Dedicado a él pintó Giovanni del Biondo el altar que hoy podemos contemplar. Se trata de una obra típica del gótico internacional, que tienen en su panel central la imagen sedente del santo, y a ambos lados cuatro escenas de su vida. De san Juan Gualberto no conservamos muchos textos. El que les ofrecemos es una carta que dirige a sus discípulos sobre la caridad.

El abad Juan a todos los hermanos unidos a él en el amor fraterno: salud y bendición.

Aquejado hace ya bastante tiempo de una grave enfermedad, espero de día en día que Dios acoja mi alma y que la tierra de mi cuerpo vuelva al polvo de donde fue sacada. Lo cual nada tiene de extraño, porque la misma edad, aun sin el peso de una tan grave enfermedad, me recuerda a diario que debo vivir en esta espera. Yo pensaba salir calladamente de esta vida; pero habida cuenta del nombre y el puesto que, aunque indigno, he ocupado en esta tierra corruptible, me ha parecido de alguna utilidad deciros unas palabras sobre el vínculo del amor. En cuyo tema no diré nada nuevo ni de mi propia cosecha, sino que me limitaré a repetir brevemente y como de pasada lo que oís a diario. La caridad es indudablemente la virtud que impulsó al Creador de todas las cosas a hacerse criatura. Es la virtud que él mismo recomendó a los apóstoles como síntesis de todos sus mandamientos: Esto os mando: que os améis unos a otros.

De ella habla el apóstol Santiago, diciendo: Quien observa entera la ley, pero falta en un solo punto, tiene que responder de la totalidad. Esta es de la que el apóstol san Pedro afirma: la caridad cubre la multitud de los pecados.

De todo lo cual podemos concluir que, si poseemos la caridad, podemos cubrir todos los pecados, y que a quienes creen haber adquirido las demás virtudes, si no tienen caridad, de nada les sirven. Si un soberbio o desobediente cualquiera escuchare lo que acabo de decir, en seguida pensará que el está realmente en posesión de la caridad, basado en la mera comprobación de que perdura físicamente en la comunión fraterna. Mas he aquí que san Gregorio le desengaña de esta, digamos, falsa opinión, al indicar los límites de la verdadera caridad, diciendo: «Ama perfectamente a Dios quien no se reserva nada de sí mismo».

No sé en concreto qué decir de la caridad, pues no ignoro que todos los mandamientos brotan de esta raíz. Porque si es verdad que son muchas las ramas de las buenas obras, una sola es la raíz: la caridad. Los réprobos no pueden aguantar por mucho tiempo su ardor, como expresamente afirma nuestro Salvador: Se enfriará el amor de la mayoría. Sobre éstos que se han enfriado en el amor y se han separado de la unidad, llora y gime el apóstol san Juan, diciendo: Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros.

Y si esto es así, o, mejor, porque esto es así, todo fiel debe reflexionar continuamente sobre la manera de adherirse a tan sumo bien, y buscar ansiosamente unirse a sus compañeros de peregrinación hacia Dios. Y así como los réprobos, al abandonar la caridad, son amputados del cuerpo de Cristo, así los elegidos, abrazándola sinceramente, quedan establemente unidos al mismo cuerpo de Cristo. Para conservar inviolablemente la caridad, es en gran manera útil la unidad fraterna, que se agrupa bajo el cuidado de una sola persona. Pues así como se seca el lecho de un río si se le divide en infinidad de arroyuelos, así también la unidad fraterna es menos eficaz en sus realizaciones concretas si se polariza en multitud de iniciativas.

Por lo cual y para que esta caridad permanezca largamente inviolable entre vosotros, es mi voluntad que, después de mi muerte, vuestro cuidado y dirección queden en manos del padre Rodolfo, al menos con las mismas atribuciones que tuve yo mientras vivía. Adiós.

jueves, 11 de julio de 2013

Fray Juan Andrés Rizi de Guevara. San Benito bendiciendo el pan

San Benito bendiciencdo el pan.1645.  Fray Juan Andrés Ricci
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 168cm x 148cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Volvemos hoy al monje benedictino Fray Juan Andrés Ricci, para presentar una obra que tiene a san Benito como protagonista, en el día en el que celebramos su solemnidad. Se trata del cuadro San Benito bendiciendo el pan. La obra procede del extinto monasterio de San Juan de Burgos, y se conserva actualmente en el Museo del Prado.

Es una de las primeras obras conocidas de Ricci. Contaba ya con 45 años, y muestra la madurez alcanzada no solo en la edad, sino en la maestría simbólica.

No es fácil saber a qué momento de la vida de san Benito se refiera. Puede ser la escena que san Gregorio sitúa en el capítulo 21 del Libro de los Diálogos:

En otra ocasión, sobrevino en la región de la Campania una gran hambre que afligía a todo el mundo por la falta de alimentos. Empezaba también ya a escasear el trigo en el monasterio de Benito y se habían consumido casi todos los panes, de tal manera que a la hora de la refección de los monjes sólo pudieron hallarse cinco. Viéndolos el venerable abad contristados, trató primero de corregir con suave reprensión su pusilanimidad y luego de animarlos con esta promesa, diciendo: "¿Por qué está triste vuestro corazón por la falta de pan? Hoy ciertamente hay poco, pero mañana lo tendréis en abundancia". Al día siguiente encontraron delante de la puerta del monasterio doscientos modios de harina metido en sacos, sin que hasta el día de hoy se haya podido saber, de quién se valió Dios todopoderoso para llevarlos allí. Viendo esto, los monjes alabaron a Dios y aprendieron a no dudar más de la abundancia, aun en tiempo de escasez.

Ricci acierta a mostrarnos la serenidad del maestro, en contraste con la admiración del discípulo que le presenta el pan para que lo bendiga.

miércoles, 10 de julio de 2013

Fray Juan Andrés Rizi de Guevara. La cena de san Benito

La Cena de San Benito. Fray Juan Andrés Ricci
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 185cm x 216cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Fray Juan Andrés Ricci fue un monje benedictino que vivió entre los años 1600 a 1681. vivió, entre otros monasterios, en Silos, en San Millán y en Montecasino, en todos los cuales dejó muestras de su maestría pictórica.

La obra que hoy proponemos a la contemplación, a la vista de la solemnidad de nuestro Padre san Benito, es la llamada Cena de san Benito. Se trata de una escena procedente de la biografía del santo contenida en el libro de los Diálogos del papa san Gregorio Magno. San Benito está cenando, y pide que un joven monje le ilumine. Éste, procedente de una familia notable, se siente herido en su orgullo, y se rebela interiormente contra lo servil del servicio. Pero san Benito conoce la tentación que sufre el monje, y lo reprende.

En otra ocasión, mientras el venerable abad tomaba su alimento hacia el atardecer, cierto monje, hijo de un abogado, le sostenía la lámpara delante de la mesa. Y mientras el hombre de Dios comía y él le alumbraba, comenzó a pensar y decir secretamente en su interior: "¿Quién es éste para que yo tenga que servirle y sostenerle la lámpara mientras come? ¿Y siendo yo quien soy, he de servirle?". Al punto, dirigiéndose a él el hombre de Dios, comenzó a increparle ásperamente, diciéndole: "¡Santigua tu corazón, hermano! ¿Qué es lo que estás pensando? ¡Santigua tu corazón!". Inmediatamente llamó a los monjes, mandó que le quitasen la lámpara de sus manos, y a él le ordenó que cesara en su servicio y se sentara. Preguntado luego por los monjes qué es lo que había pensado, les contó prolijamente cómo se había envanecido por espíritu de soberbia y lo que había dicho interiormente en su pensamiento contra el hombre de Dios. Con esto, todos vieron claramente que nada podía ocultarse al venerable Benito, pues había percibido hasta un simple discurso mental.

La obra está concebida en términos tenebristas, con una iluminación artificial que destaca las actitudes de los  rostros de ambos personajes. En suma, se trata de una obra didáctica, concebida por un monje para servir a la edificación de otros monjes.

martes, 9 de julio de 2013

El Pantocrátor ruso-bizantino


La tradición iconográfica del Pantocrator ocupa, por supuesto, un importante lugar en la iconografía oriental. De hecho, la misma denominación que utilizamos procede del griego.

El Pantocrátor que hoy contemplamos es un icono ruso del siglo XVII. Cristo, como emperador, está coronado con la corona imperial original rusa, que es una especie de casquete de oro rematado con una cruz.

Es curiosa la disposición de los dedos de la mano derecha. Por una parte, tres dedos están extendidos, simbolizando la Santísima Trinidad. Pero los otros dos dedos restantes están unidos en una especie de círculo, representando las dos naturalezas de la única persona de Cristo. En suma, todo un resumen de la teología cristiana formulada en los concilios ecuménicos de la antigüedad.

Según las normas tradicionales de la iconografía ortodoxa, parte del icono está cubierto de metal dorado, mientras que otra parte, especialmente el rostro, está pintada.

Al Señor, que reina vestido de majestad, sea todo el honor y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 8 de julio de 2013

Pantocrátor de San Clemente de Tahull


Cerca del límite de las provincias de Lérida y Huesca, en un escarpado valle pirenaico, no lejos de Roda de Isábena, se encuentra uno de los más célebres templos de la época románica: el de san Clemente de Tahull.

Tal vez, la imagen más célebre de dicho templo es el Pantocrátor que lo presidía desde su ábside central. Y hay que decirlo en pasado, pues fue retirado de dicho lugar santo por motivos de seguridad, y llevado al Museo Nacional de arte de Cataluña.

Es impresionante la fuerza de esta imagen, su majestad, su tremenda carga simbólica. El Señor está sentado sobre una banda, que hace alusión al arco iris. A su derecha e izquierda está el Alfa y la Omega. Su mano izquierda porta un libro abierto, en el que se lee Ego sum lux mundi, es decir, yo soy la luz del mundo. Según el canon iconográfico, está rodeado del Pantocrátor, es decir, los cuatro evangelistas, que además están representados con sus cuatro animales simbólicos.

Podemos concluir la oración ante esta soberbia imagen, con el texto del Apocalipsis: A aquél que nos ha amado, que nos ha lavado de nuestros pecados con su propia sangre, y que ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes, a él sea todo el honor y toda la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 7 de julio de 2013

Pantocrátor de san Juan de Moarves


El domingo celebramos la Resurrección del Señor, su triunfo obre el poder del pecado y la muerte, su glorificación junto a a Dios, y su exaltación junto al Padre, en la gloria de la Trinidad. El Libro del Apocalipsis describe esta situación con caracteres tomados del boato imperial romano. Y, desde entonces, la iconografía cristiana ha representado a Jesucristo con la imagen del Pantocrátor. Esta palabra griega significa Todopoderoso, y representa plásticamente a Cristo como emperador, al estilo de los emperadores romanos, sentado sobre un trono, en actitud de bendecir a la humanidad.

Una de las esculturas medievales más representativas de esta iconografía es el Pantocrátor esculpido en la fachado del templo de San Juan Bautista, en la localidad de Moarves de Ojeda, al norte de la Diócesis de Palencia.

Junto al Pantocrátor, en las cuatro esquinas de ese círculo, se encuentra el llmado Tetramorfos. Imagen tomada también del profeta Daniel y del Apocalipsis, significa esta palabra griega las cuatro formas, es decir, los cuatro animales simbólicos que rodean al Todopoderoso. En la alegoría cristiana, estos cuatro animales evocan a los cuatro evangelistas, a través de los cuales nos habla el Señor Todopoderoso.

Por último, en una galería horizontal, están representados los apóstoles, enviados al mundo por el Pantocrátor para anunciar el Evangelio.

sábado, 6 de julio de 2013

Cristo el Esposo


El Evangelio que la liturgia del hoy nos presenta está tomado del capítulo noveno de san Mateo, y nos habla del sentido del ayuno. Mientras que otros grupos judíos ayunan, los discípulos de Jesús no ayunan, porque él es el Esposo de Israel, y mientras está con sus amigos, no ha lugar al ayuno.

En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole:
-« ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?»
Jesús les dijo:
-«¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?
Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres; se derrama el vino, y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan.»

En la liturgia e iconografía bizantina, el tema de Cristo como Esposo, de pie junto a la tumba con los atributos de su Pasión, ocupa un lugar central en las celebraciones de la Semana Santa. Este Icono se sitúa ante el iconostasio, para la veneración de los fieles, hasta el Jueves Santo. ante él, se dice la siguiente oración: 

He aquí viene el Esposa a media noche; bienaventurado el siervo que encuentre velando. Mas el que encuentre inadvertido, indigno es. Cuida alma mía de no caer en profundo sueño y ser arrojada fuera del Reino, y entregada a la muerte. Mas velad clamando: Santo, Santo, Santo, eres Tú, oh Dios. Por la intercesión de los Poderes Celestiales, ten piedad de nosotros.

En la tradición iconográfica bizantina, es importante reproducir una y otra vez el mismo motivo iconográfico. El que mostramos hoy aquí, es uno de tantos, como es venerado en la piedad cristiana oriental.

viernes, 5 de julio de 2013

La vocación de San Mateo


La vocación de San Mateo, 1661. Juan de Pareja
Óleo sobre lienzo, 225 cm x 325 cm
Museo del Prado, Madrid. España

El evangelio de hoy  (Mt. 9, 9-13) nos relata la vocación de Mateo y como ante la mirada atenta de los fariseos el Señor manifiesta la predilección de la misericordia en contraste a la escrupulosa vivencia de la ley por parte de los fariseos.

Mateo, cobrador de impuestos, pecador ante los ojos de todo el pueblo al que Jesús fue capaz de mirar mas adentro, mas allá del propio pecado mirando al interior de un hombre. Un hombre que podía hacer mucho por el Reino de los Cielos. Le llamó con todo el amor y misericordia de su corazón para ser uno de sus apóstoles.

Jesús en la escena responde a los fariseos, en primer lugar, por quienes, por razones diferentes, no viven a la altura moral de quienes actúan conforme a lo prescrito. Los ve como "enfermos", más "víctimas" que "culpables", más necesitados de ayuda que de condena. 

En segundo lugar, su modo de acogerlos. "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos". Lo primero que necesitan no es un maestro de la ley que los juzgue, sino un médico amigo que los ayude a curarse. Cristo no actúa como un juez que dicta sentencias, sino como un médico que viene a buscar y salvar a quienes se encuentran "perdidos". 

Cristo actúa como Dios mismo quien quiere misericordia antes que ofrendas y culto, antes que estar aferrados a la ley y sus cumplimientos. Para Jesús la misericordia es más importante que la pureza legal. Apela a la tradición profética para decir que para Dios la misericordia vale más que todos los sacrificios (Os 6,6; Is 1,10-17). Dios tiene entrañas de misericordia, se conmueven ante las faltas de su pueblo (Os 11,8-9).

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
-«Sígueme.»
Él se levantó y lo siguió.
Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
-« ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo:
-«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

En el cuadro que hoy miramos encontramos una escena pintada por Juan de Pareja que refleja el ambiente de barroco del  siglo XVII. No olvidemos que el autor fue siervo de Velázquez y que aprendió el oficio de su dueño. Éste era esclavo moro del pintor, quien le concedió la libertad en Roma en 1654 lo que le permitió ejercer la profesión de pintor en libertad.

La obra es de un barroquismo exuberado siguiendo las tendencias de la época, y se retrata a si mismo en la escena evangélica, primero en pie por la izquierda, sosteniendo un papel en el que firma la obra, realizada ésta después ya de la muerte de su maestro Velázquez.

jueves, 4 de julio de 2013

El sacrificio de Isaac


El sacrificio de Isaac, 1603. Obra de Caravaggio
Óleo sobre lienzo,104 cm × 135 cm
Galería Uffizi, Florencia, Italia

Hoy la liturgia nos presenta el sacrificio de Isaac, (Génesis 22, 1-19) vemos como Dios ha sido fiel a su promesa concediendo a Abrahán un hijo de Sara. Ahora es Abrahán quien debe mostrar su fidelidad a Dios, estando dispuesto a sacrificar al hijo, como reconocimiento de que éste pertenece a Dios. El mandato divino parece un contrasentido: Abrahán ya había perdido a Ismael al marchar Agar de su lado; ahora se le pide la inmolación del hijo que le queda. Desprenderse del hijo significaba desprenderse incluso del cumplimiento de la promesa que veía realizado en Isaac. A pesar de todo, Abrahán obedece. Como última purificación de su fe se le pide al que había recibido la promesa que sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio” (Gn 22,8). Así, el padre de los creyentes se hace semejante al Padre que no perdonará a su Hijo, sino que lo entregará por todos nosotros (cfr Rm 8,32).

A Dios le basta ver la intención sincera de Abrahán de cumplir lo que se le pedía  Con ello es ya como si lo hubiera realizado. Si el detener la mano de Abrahán representaba ya una manifestación del amor de Dios, mayor aún es esa manifestación cuando permite la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio por todos los hombres. 

En aquel carnero que Dios pone a disposición de Abrahán (vv. 13-14) vieron algunos Padres de la Iglesia una representación anticipada de Jesucristo, en cuanto que, como Cristo, aquel cordero fue inmolado para salvar al hombre. En este sentido escribía San Ambrosio: «¿A quién representa el carnero, sino a aquél de quien está escrito: “Exaltó el cuerno de su pueblo” (Sal 148,14)? (...) Cristo: Él es a quien vio Abrahán en aquel sacrificio, y su pasión lo que contempló. Así pues el mismo Señor dijo de él: “Abrahán quiso ver mi día, lo vio y se alegró” (cfr Jn 8,56). Por eso dice la Escritura: “Abrahán llamó a aquel lugar, El Señor provee”, para que hoy pueda decirse: el Señor se apareció en el monte, es decir, que se apareció a Abrahán revelando su futura pasión en su cuerpo, por la que redimió al mundo; y mostrando, al mismo tiempo, el género de su pasión cuando le hizo ver al cordero suspendido por los cuernos. Aquella zarza significa el patíbulo de la cruz» (De Abraham 1,8,77-78).

El sacrificio de Isaac es una pintura que en su tiempo escandalizó a Roma, a pesar de ser el sacrificio de Isaac un tema recurrente en el arte del barroco. El problema consistió en la reacción de Isaac, que hasta entonces había mostrado una actitud dócil ante su muerte, convirtiéndose en prefiguración de Cristo. Pero Caravaggio trata el asunto de otra forma, pues Abraham debe doblegar la resistencia de su vástago. La duda del patriarca es captada con maestría por el pintor, que logra representar de manera sublime. El espectador podrá presenciar con intensidad la angustia que irradia la escena.